
Transcurría la primavera de 2012
cuando tuve que escribir este cuento. Andaban los ánimos algo calientes por el Reino de España, aunque la situación podría no ser tan mala comparada con la existente en el momento de publicación de este capítulo.
Se puede decir que yo estaba más
rebotado, no voy a extenderme en detalles, que una de esas canicas de goma que si
las lanzas con mala leche saltan varias veces hasta el techo. Igual que yo, la
gran mayoría de mis compatriotas; algunos no, también hay que reconocerlo.
Parecía imposible que todos los logros que habíamos conseguido en los últimos
años, a pesar de la mangancia generalizada, se estuvieran evadiendo por el
desagüe, sin que nadie fuera capaz de colocar un tapón. En vez de avanzar, estábamos
retrocediendo en el tiempo. Millones de personas sin empleo y los dirigentes
más ineptos y enchufados del país nos pedían que realizáramos trabajos como voluntarios.
Parecía de ciencia ficción.
Precisamente en este género narrativo
debería apoyarse mi cuento. Un género especulativo que puede desarrollarse en
el futuro o en el pasado. Yo, que andaba más perdido que un gobernante en una
sociedad filantrópica, imaginé otra época, creé términos, inventé nombres, disparaté situaciones, le puse un título absurdo… Todo ello pervertido por mi estado de ánimo. Total, una verdadera chapuza literaria.
Pensando en acompañar la
narración reparé en un tema del grupo granadino Los Planetas. El título viene
al pelo: “Ciencia ficción”, pero la letra…, en la letra mejor no nos fijemos,
porque a lo mejor no es tan de ciencia ficción.
El apareamiento de los seláceos abisales
—¡Para quieto,
Hispanio!, no husmees los desinfectantes—, reprendía a su rubio y saltarín hijo
una acicalada señora vestida con un rutilante traje de hilo de antracita.
—¿Has oído cómo se
llama ese niño?—, inquirió Asturio a Ilerdina, su madre.
—Sí hijo, ya me he
dado cuenta. Deben de ser de familia heráldica. Lo raro es que estén utilizando
este dispensador, en el meridio de la gilípolis. No me extrañaría nada que,
cuando cumplas los cuarenta y cinco y consigas la licencia para servir, ese
niño rico, u otro como él, se prestara voluntario para realizar sin estipendio
la función que se te haya asignado y a ti te enviaran al estacionamiento de
inactivos.
—Eso nunca va a
ocurrir. Me iré con papá. Seguro que él me proporciona una buena licencia y
nadie me arrebatará mi función.
—Como se están
poniendo las cosas, Asturio, nadie te la arrebatará si es una función que no
quieran desempeñarla ni los chimpates, o si la libras en el rincón más abrupto
del más lejano de los planetas asociados.
Madre e hijo abandonaron el dispensador,
después de recoger de la cadena distribuidora, entre otras adquisiciones, la pieza
de repuesto que habían encargado hacía unas semanas, y pasar el anillo de hidroitrio por el lector
de saldos.
A la salida se
encontraron con una pequeña trifulca. Dos hombres de desfigurado aspecto, uno alto, con restos de
pelambre ambarina, y el otro achaparrado, moreno de piel y de pardusco cabello,
discutían por una loseta donde implorar caridad.
—Déjame este
espacio, me corresponde. Tú eres un advenedizo—, reclamaba el alto, mientras
empujaba a su adversario.
—Tengo tanto
derecho como tú. Mis antepasados llegaron a esta gilípolis centurias ha—,
replicaba con fuerza el chaparro.
—¡Quietos! —gritó,
mientras detenía su motocabina un voluntario, posiblemente de familia
heráldica, que habría arrebatado su función a algún guardián de paz; seguro ya
en el estacionamiento de inactivos.
Asturio, que había insistido a su madre
para que pagara por ver el espectáculo, miraba la escena con gran interés.
—Enseñadme vuestros anillos. Esos no,
los de hidroitrio. Por lo que veo, te llamas Siberio —manifestó al talludo—.
Tus predecesores llegaron hace una treintena de lustros. Tu estirpe —reveló al
moreno— se presentó hace docena y media de décadas. La loseta te corresponde a
ti, Guayaco.
Madre e hijo marcharon, después de que
el árbitro dispersara a los espectadores, previo abono de los derechos de
contemplación.
Una vez en la vivienda familiar,
colocaron las adquisiciones dentro del almacén intervecinal, en los cajones
accesibles desde el habitáculo, excepto la pieza que debían reponer en la
cápsula de televacíado.
—¿Ya estás preparado?—, apremió Ilerdina
a su hijo, una vez reparada la cápsula.
—¡Sí! Me llevo los anteojos de platino,
con ellos se ven mucho mejor las especies abisales. Ya puedes abrir la
trampilla.
—Acuérdate de lo que tienes que decir a
tu padre.
Pasaron una quincena de segundos, desde
que la madre cerró la portezuela, hasta su apertura, en el interior de una
cámara acristalada, en lo más remoto del Ártico, a seis mil metros de
profundidad.
—Pero que alto estás, Asturio, ya se te
queda pequeña la cápsula; tendré que hacerte una más grande. Menos mal que
habéis podido repararla ¡Deprisa! —apremió Titulcio a su hijo—, que falta poco
para que se apareen los seláceos abisales, y esto sólo se puede ver cada tres
años.
Pasadas un par de
horas, después de dar cuenta de una suculenta merienda, con comestibles
orgánicos, como se hacía un par de siglos atrás, se despidieron padre e hijo.
Cuándo éste iba a introducirse en el reducido artilugio, se volvió hacia su
padre.
—¡Ah! Dice mamá
que, si no quieres, no vuelvas a la gilípolis, pero que no se te olvide que
también eres mi padre, y que con una merienda de vez en cuando, no me alimento
todo el año.

Me asustas, eres un visionario, como Julio Verne,. Espero que no lleguemos a eso (del todo) porque estamos cerca ya. Has creado una mezcla de "futuro-pasado" a tener en cuenta y muy bien descrita.
ResponderEliminarEspero no haberme quedado corto. Un beso.
EliminarHola, Cuentón.
ResponderEliminarTambién mis antepasados llegaron a esta gilípolis hace muchos años y jamás más sucia y corrupta que ahora.
¿Dónde alquilan naves para pirarse se aquí?
Estás loco, Cuentón, vaya palabras que se te ocurren. En fin, muy bueno el cuento, la canción del grupo ese que nos has puesto y la introducción.
Eres un crak.
Besotazos.
Estoy tuneando un autobús para convertirlo en cápsula y huir de la gilípolis. Cuando esté terminado te aviso.
EliminarUn beso.