jueves, 16 de octubre de 2014

57. El empleo soñado

Leer el cuento
“El lector. Un escritor debe tener muy en cuenta esta figura. ¿Qué significa el lector para vosotros?” Típico interrogante que la señorita Esther deja caer en el taller de relato, donde los aprendices nos miramos unos a otros preguntándonos con la mirada: “¿de qué lectores habla?”.

Yo expongo mis textos en este blog con la esperanza de que sean leídos en los rincones más inhóspitos de habla hispana. Si me apuran, incluso por un ciudadano de Vladivostok al que se le salga el vodka por las orejas y le hagan gracia los pollitos que ilustran mis cuentos tontos, aunque no entienda ni papa de lo que hay escrito. Pero lo cierto es que debo tener ocho o diez lectores; entre ellos, mi familia, alguna vieja amiga, uno de Colocotroco, un par de chicas despistadas y un señor de Murcia.

Y como era de esperar, la Esthercita nos pidió un relato sobre dicha figura, la del lector. Decidí preguntar a los que saben. Busqué en el listín telefónico los números de Ruiz Zafón, Ken Follett, Paulo Coelho y Cervantes, entre otros, pero deben haberlos retirado para que no les molesten. Así que tuve que inventarme algo que pudiera acercarse, aunque fuera mínimamente, a lo que pretendía la jefa.

Aquí os dejo a Miguel Poveda interpretando 'La leyenda del tiempo', un poema de Federico García Lorca, que anteriormente popularizó Camarón de la Isla. Seguro que más de uno anda leyendo al poeta granadino en el metro.





He encontrado el trabajo de mi vida. Después de deambular durante años por ocupaciones desdeñables, he aterrizado en uno que ni loca hubiera imaginado, en el que puedo dar rienda suelta a mi mayor afición.

Me han ubicado en una sala llena de pantallas, delante de una gran consola, para dirigir las nuevas cámaras instaladas en el interior de los convoyes del metro. A mí, concretamente, en los de la línea 6, la circular.

No saben bien estos de la compañía metropolitana a quién han elegido. Yo, que he llegado a cambiar hasta diez veces de asiento durante un trayecto para averiguar qué lee la gente. Es cierto que no han sido pocos los reproches que he recibido, pero esa curiosidad es superior a cualquier censura.

Han dispuesto dos nanocámaras en cada coche, en paralelo, sobre las filas de asientos, discurriendo por unas minúsculas guías -inadvertidas por los usuarios- que atraviesan longitudinalmente el vagón. Mi función es vigilar a los viajeros y denunciar las conductas sospechosas. Si fuera hombre me pondría las botas con los escotes. Por eso será que sólo seleccionan mujeres. Aunque alguna habrá que disfrutará como un borrachín de Vladivostok desprecintando una botella de vodka a doce grados bajo cero. Pero eso a mí me importa un carajo de mar. Lo que verdaderamente me interesa es espiar a los lectores.

Empezaré por el primer vagón, en el que, por seguridad ante un posible alcance, viajan menos personas, pero el favorito de los que quieren concentrarse en la lectura. Me acercaré a esa anciana, a la que le cuesta fijar la vista a través de sus anteojos. ¡Vaya! Esa mujer parece tener una deuda pendiente con su adolescencia, está leyendo ‘El guardián entre el centeno’. El que está a su lado, riéndose ante un libro como si le estuvieran haciendo cosquillas, debe de ser por lo menos su bisnieto, pues no tendrá más de diez años. ¡Cómo! Si es ‘El origen de las especies’, de Darwin. ¿A ver si es que verdaderamente es un cuento?

Voy al otro extremo. Un sacerdote sujeta un gran volumen de pastas moradas que debe de ser ‘La Biblia’. Pero creo que oculta algo entre sus hojas abiertas. Es como un librito de oraciones o de salmos. ¡No me lo puedo creer! Fascículo siete del ‘Kamasutra’. Hoy debe de ser El día de la lectura  descabellada.

Espero encontrar gente más sensata en el segundo vagón. Me moveré hasta el tío ese del pelo largo, que lee con los cascos puestos, mientras, con disimulo, se saca un moco. ¡Joder! Según acerco la cámara escucho con más claridad la música que se le escapa de los auriculares; debe de ser una banda de heavy, de metalcore o de una subespecie sonora parecida. No entiendo cómo puede concentrarse en el texto. Las pastas son de dos colores; tiene toda la pinta de ser un ensayo. Nosequé D’ors; no lo distingo bien. Será don Eugenio, el de las glosas... No, Pablo D’Ors; seguro que es su hijo o su nieto. ‘Biografía del silencio’. Desde luego, las apariencias me han engañado.

Mira, una sister, hermana monjil, me refiero, toda de azul, menos la cofia blanca; con un silbato podría dirigir el tráfico en cualquier glorieta. Se la ve apasionada. Espero que no lea lo mismo que su colega el cura. Lleva un ejemplar forrado con unas hojas de la revista “Misioneros”. Me aproximaré con el zoom ¡Ándala! ‘Madame Bovary’. Cuidadito, hermana, con las infidelidades, que estamos casadas con Dios.

Me ha parecido ver un vagabundo tirado en el asiento de enfrente. Cambiaré de cámara. No sé si tendré que dar parte al jefe de seguridad. ¡Bah, paso! Además tiene un libro en el regazo. No me extraña que se haya quedado frito: Francisca Serrano, ‘Mueve tus ahorros y gánate un sueldo’. Creo que así empezó el presidente del Banco Mundial.

Bueno, van a ser las tres de la tarde; ya he llegado al final de mi primera jornada. La verdad es que he quedado saciada, habré espiado a más de cien lectores. Eso sí, bastante  incoherentes. ¡Venga, la última! ¡¿Quién va a ser el candidato?! Ese anciano tan elegante del fondo, al que se le ha debido poner enfermo el chófer. Lleva las solapas de la americana repletas de insignias con escudos lacados e imágenes religiosas. Está claro que no es un desharrapado comunista. Tiene un periódico sobre las piernas: ‘La gaceta del inversor’. Lógico. ¿Qué libro estará leyendo? ¿Será ‘El milagro neoliberal’? Quizás sea ‘El abuelo que escapó por la ventana y se largo’, con cincuenta millones de coronas suecas, que es más divertido. No lo distingo bien. Ya veo algo. ¡Por fin! Ya puedo irme tranquila a casa, alguien con una lectura congruente, 'El capital'. Ya sabes, money, money, money. Aunque con el dedo me tapa el nombre del autor, solo distingo a primera ‘K’. Y mira que me suena.


Gracias por leerme. Puedes dejar tu comentario y compartir en las redes sociales picando en los botones de abajo. Hasta la próxima.

 Cuentón
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6 comentarios:

  1. Que bueno. Que profesión más entretenida.

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    1. Solo falta que esté bien pagada.

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  2. El señor de Murcia, que acaba de apearse en la Estación del Carmen, estaba leyendo un interesante libro titulado: Jesucristo bebía cerveza, del portugués Afonzo Cruz. Muy recomendable, por cierto.

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    1. Si hubieras pasado por la línea circular, seguro que te hubiera espidado.
      Tendré en cuenta tu recomendación.

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  3. Tu protagonista se cansará; seguro. En algún momento decidirá cambiar libros por caras, después, caras por gestos y, por último le bastará con fisgonearse a sí mismo... A todos nos pasa lo mismo.

    Un abrazo.

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    1. Creo que ya está harta de libros. Ahora se fija en las uñas de los viajeros. Ya sabes, hay de todos los colores. Por fuera y por dentro.

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