
Llegó
el otoño de 2011 y con él un nuevo taller de narrativa en el Paco Rabal. Tuve
suerte en el sorteo y volvieron a concederme una plaza en tan reputado foro. Casi
la mitad éramos veteranos. De los nuevos, algunos se rajaron a las pocas
semanas.
De jefa
teníamos a Esther, que ya había dado las últimas clases del curso anterior,
aunque yo no coincidí con ella, sólo en la copa final. Ya entonces me di cuenta
de que teníamos una digna sustituta de Felicitas. Joven, guapa, cariñosa, lista
y una gran profesional. ¡No!, ¡No! No penséis lo que no es. Tenemos una
estupenda relación de jefa-operario y, no me equivoco al decirlo, de buena
amistad. Esther tiene la virtud, supongo que entre otras muchas, de crear buen
rollo allá donde se encuentre.
Dejemos
el peloteo, que ya me doy hasta asco. El primer día nos habló de la terrible
situación en que se encuentra frecuentemente el escritor al enfrentarse ante
la hoja en blanco. Es decir, tienes que escribir y no tienes ni pajolera idea
de por dónde empezar. Justo lo que me pasaba a mí ese día, después de un montón
de meses sin pegar ni clavo literario en la mente ni en el Word.
Una de
las estrategias para rellenar la famosa hoja en blanco es la del binomio fantástico. Buscas
dos palabras que no tengan nada que ver entre sí y tienes que relacionarlas. A la profe se le ocurrió que los vocablos a utilizar, en un cuento de
una hoja como máximo, serían seda y alquitrán.
Pues
qué queréis que os diga, el binomio fantástico no funcionaba. No se me ocurría
nada. Pero… una legañosa mañana, escuchando las noticias camino del trabajo, me
recordaron que ese día se iba a producir en Sevilla el gran acontecimiento
social que los programas del corazón venían rumiando desde hacía semanas. Aquí
meto la pluma, pensé yo. Y me inventé a Juanillo.
Juanillo me dijo que alguna vez había coincidido con Joselito, el de Kiko Veneno. Así que ahí os dejo el vídeo.
Ya le había
avisado su mujer que su afición al tapeo le costaría un disgusto. No distinguía
entre el horario laboral y el posterior a éste. Le perdía la jarana. Todo el
mundo sabía que Juanillo desayunaba innumerables veces, a cualquier hora y con
distintos tipos de alimentos, sólidos y líquidos.
El encargo era
importante. Estaba previsto que la nobleza y la monarquía se encontraran allí;
el protocolo así lo marcaba. “Como en la Edad
Media , se abrazarán los privilegiados”, le había dicho su
encargado, mientras le echaba el brazo por encima del hombro. “Pon empeño,
Juanillo, que nuestro prestigio está en juego. Ya sabes que no están las cosas
para jugarnos el sustento”.
Pero no pudo
negarse a una tapita de choco y una manzanilla en la taberna “La Macarena ”. Claro que, eso
supuso dejar de rellenar un mínimo bache con un puñado de alquitrán. Justo en
el mismo lugar donde el monarca, renqueante tras la intervención, fue a abrazar
a la duquesa, en el día de su boda, su tercer matrimonio. El consorte, algo
turbado, no contó con los suficientes reflejos para sujetar a su flamante
esposa, cuyo bonito vestido de seda, al que tanto tiempo dedicaron la pareja de
diseñadores, no fue suficiente para proteger el frágil cuerpo de la noble bajo
la corpulencia del monarca.

Feliz Año 2013, eso lo primero, y ahora me resta felicitarte por ese binomio tan absurdo como fantástico que has sido capaz de crear.
ResponderEliminarTe veo madera de artista, de cuentista y mucho talento e ingenio para haber parido este cuentecito.
Un abrazote y mis felicitaciones.
Gracias y feliz año Towanda. Ve preparando tu mejor traje, que vas directa hacia la estatuílla.
EliminarCreo que ya he configurado bien las contestaciones a los comentarios. Todavía me falta mucho por aprender de Blogger.
Feliz 2013!!
ResponderEliminarY... Enhorabuena por la ingeniosa manera de resolver este cuento.
Muchas gracias compañera cuentista. Nos comentamos.
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