
Yo me iba
pareciendo, tras la docena y media de cuentos que había escrito, que mi estilo (si me permitís que utilice este término, que hasta a mí me resulta presuntuoso) se iba decantando por el humor. Algunas veces me pregunto si no pareceré un poco simple,
con la gracieta todo el día a cuestas.
Pues
eso, que la tontería mana de mí Word con
la mayor naturalidad. Lo malo es cuando te piden que escribas un cuento
humorístico. Así, sin epidural ni ná. Es como ir a la discoteca (¡qué
tiempos!) y que te obliguen a ligar con alguien en particular. Es demasiado
forzado. Diferente es que te enrolles con quién te apetezca; sobre la marcha.
Aunque al final, viene a ser lo mismo. No te comes un dónut de ninguna de las
dos maneras.
En esta
narración debería describirse un encuentro, donde abundara el diálogo, pero en
escenas que no fueran totalmente estáticas, que tuvieran movimiento. Esther nos
había dado pistas: situaciones absurdas, lenguaje improcedente, palabras
incorrectas, contrasentidos, nombres graciosos… Pero nuestra empresa era ardua,
teniendo en cuenta que acabaríamos derrotados, con un par de puñetazos en los morros, por su idolatrado Jardiel.
Pensando
en nombres chistosos me acordé de un
compañero que tuve en el servicio militar (limpiábamos juntos las lanzas con "ALEX METAL"), al que llamábamos Petete, pues se daba un aire al
rechoncho pingüino del libro gordo. Así fue como, partiendo de un hipotético
reencuentro con Petete, surgió esta
historia.
Os dejo
con la canción que, de haberlo escrito unos meses después, hubiera despedido a
los tres amigos tras su reencuentro. No es de Manhattan, no es Alicia Keys. Canta Irene de Lema y es de Madrid.
“¿Seré capaz de
reconocerlos?”, se preguntó el antiguo cabo, mientras se rascaba la mejilla
izquierda, cubierta desde hacía una semana por una cenicienta y punzante barba,
que había dejado crecer buscando un aspecto más moderno.
—¡Vallejo! —Voceó
Flores, entre las notas de una canción de Rihanna, mientras agitaba los brazos en
un extremo del amplio y remodelado bar, que solían frecuentar en los locos
ochenta—. ¡Soy yo, Flowers!
Buscó con la
mirada el origen de la voz y encontró a su amigo, de pie, entre la mesa de un
grupo de tres divertidos veinteañeros y
la de una pareja formada por una monumental rubia y un hombre, bastante mayor
que ella, agazapado entre unas gafas de sol y un sombrero de cuadros. Se acercó
regateando jovenzuelos de descuidada indumentaria, enseñando los pajizos
dientes que llenaban su inmensa sonrisa.
—¡A la orden, mi
cabo! —Soltó un taconazo Vallejo, mientras representaba el más marcial de los
saludos—. A pesar de lo hermoso que estás, todavía se te reconoce. Dame un
abrazo; pero no me pinches con tu barba de cinco días a lo Michel Bosé.
El viejo compañero
de camareta le estrujó entre sus brazos, apretando, con malicia, sus púas
contra la mejilla, haciendo que éste le profiriera un insulto rimante con la pata
trasera del cerdo.
—Me alegra saber
que aún mantengo cierto parecido con el hijo del torero y de la artista.
—Sí, pero con el del
torero y la folclórica. Lo de Michel iba por los michelines.
—A ver si tú te
crees, Vallejito, que eres el Yors Cluny.
Como mucho John Malkovich, el que anuncia con él la cafetera. Lo digo por lo de
la alopecia.
—Anda cabo, agénciate
un par pelotazos… bueno, tres, a ver si mientras tanto viene Petete. Supongo
que le seguirá gustando el ron con limón, que se los bebía doblados.
—Pues ya verás éste.
Si ya estaba gordo con veinte años, imagínate con casi cincuenta. A su lado, el
Falete va a parecer un esmirriao.
Vallejo se quedó
sentado, mientras observaba amagos de torpeza en los movimientos del que fue su
cabo cocina. Seguramente que también él había empezado a perder habilidad, especulaba
nostálgico. Aunque de espíritu se sentía como un chaval, el espejo le humillaba
cada mañana. No obstante, siempre aparecería alguien que le haría sentirse más
joven. En cuanto llegara el que estaban esperando.
—Este capullo no llega,
Flowers. Cuando le llamé cogió el recado una voz del otro lado del océano.
Seguro que su mujer le dejó y ha pillado lo primero que ha encontrado por ahí.
No creo que Petete sea capaz de vivir sólo.
De pronto, unas
largas y fragantes piernas, desnudas hasta el tercio norte del muslo, rozaron el
brazo de Vallejo, sobresaltándole, y un sombrero de cuadros se posó sobre su
cabeza. En la mesa de la derecha, un interesante cuarentón, ataviado con modernas
gafas de sol, se dirigió a los dos amigos:
—Seguís tan
impresentables como siempre. La juerga de esta noche la paga Petete, que para
eso ahora el bar es suyo. Por cierto, la que te ha puesto el sombrero, Vallejito, es Sonia, mi novia.

Hola, Cuentón.
ResponderEliminarOtro hombre con sus historias de la mili... ¡Dios! ¿por qué?, jajajaja.
Ya en serio, me gusta mucho el manejo de los diálogos, se nota que tu profe te enseñó y muy bien por cierto.
Me he fijado en los cuadros de la derecha, me encantaron por cierto.
Un besotazo a la artista y al anfitrión.
PD: "realismo fantástico", dos palabras que nos persiguen, jajajaja.
Si fueras un par de años más joven, todavía, podrías haber hecho la mili. La cantidad de historias que hubieras contado.
EliminarLa artista, Elena Briñas, narra fantásticamente, aunque con pinceles.
Un beso y a por lo versos.
No creo, algo me hubiera inventado para librarme por ejemplo los pies planos. No soporto la disciplina que se impone "por galones".
EliminarYa te pediré algún cuadro para ilustrar algún cuentecillo, con permiso de la artista por supesto.
Estoy ahí con los versos y creo que voy a tirar por el haiku... Ya veremos.
Besotazos.
Ay Cuentón Delos80 y de Todas las Discotecas.... Tú sí que sabes sonrojar a una blogger rebelrebel.
ResponderEliminarQue sepas que me siento identificada con Petete: no porque ahora esté amancebada con un pivonazo rabiosamente juvenil (que también) sino porque yo también me bebo los copazos doblaos.
En cualquier caso, yo, si fuera tu profesora, también te pondría una muy buena nota de "progresa adecuadamente".
Fíjate que en aquella época, en un bar de mi barrio, todavía conocido como Pueblo de Vallecas, ahora se le llama Villa, vendían, además del corto de cerveza, el chispazo, de anís, coñac... y el medio. Un medio era un cuba libre pequeño, con la mitad de licor y con media cocacola. Habrá que volver a esas medidas, y no sólo por la crisis.
Eliminar